El Guión de La Botija (1)

Por la época en que se estrenó La Botija se creó una especie de manto negro, de clima tormentoso, respecto al tema de su Guión. Recuerdo que cuando se estaban recibiendo obras para optar por los Premios Caracol del Festival de la UNEAC  de ese año, se me recomendó no inscribir la obra en la categoría de guión. Por eso mismo, por lo de la atmósfera enrarecida.

Quienes me conocen bien, saben que no soy persona de festivales, ni de recepciones, ni de eventos de carácter social, en general; mucho menos de andar tras la caza de premios. Me encantaría ser diferente, no critico a quienes practican este tipo de cosas;  es que, sencillamente, no tengo talento para eso.

Pero era absurdo que un guión que había permitido el despliegue de tanto talento artístico, que había servido de base para tantas buenas actuaciones, de una excelente fotografía, de un esmerado trabajo de arte, de vestuario, de música, de montaje, en fin, de prácticamente todas las especialidades relacionadas con el quehacer televisivo,  no fuera remitido al concurso, siquiera para hacer acto de presencia.

No insistí. En parte, por lo que dije antes, el tema de los concursos no es  lo suficientemente atractivo como para movilizarme. También, porque lo del manto negro era demasiado evidente y  hasta pesado.

Yendo al grano, lo que había detrás de todo ese clima raro era una querella sórdida alrededor  de la paternidad del guión. Y digo sórdida  porque asumí que lo que se buscaba precisamente era  minimizar la repercusión artística de la obra, actuando _ nadie sabe porqué_ desde las sombras.

Me refiero concretamente a la actitud del señor Gerardo Fernández, coguionista de La Botija. Lo gracioso, por no decir ridícula de la situación, es que yo nunca he entendido la verdadera naturaleza de los reclamos del señor Fernández. Nunca-nadie-en ningún lugar-o bajo alguna circunstancia ha negado, o cuestionado siquiera su rol como coguionista del proyecto.

Por supuesto, se debe aclarar que había un antecedente lastimoso al respecto. En una etapa muy temprana del proyecto, Gerardo renunció de manera expresa a su crédito como coguionista de la serie. Y, al parecer, tras percatarse después de la resonancia que tuvo la obra, sobre todo a nivel artístico, no sabía cómo devolverse sobre sus pasos.

Insisto que es una pena porque sólo hubiera bastado con sentarnos a conversar,  de nuevo amigable y respetuosamente en torno a una buena taza de café; apenas tres  minutos.  En cambio, las grabaciones de La Botija se resintieron un tanto por la ausencia de este gran maestro de la dramaturgia cubana; nos perdimos de sus observaciones críticas, de sus sugerencias respecto de la puesta , del aporte para realizar ajustes a los diálogos, en fin,  de todo aquello que no cesa una vez cobrado el importe del trabajo.

Año y medio, quizás un poco más, tardaron en conformarse los guiones definitivos de La Botija. La historia que subyace detrás de este proceso, es la que me propongo compartir a continuación.

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